miércoles, 12 de abril de 2017

PROCESO PARA CREAR UN DIBUJO

Las expresiones culturales como medio para la expresión de nuestra identidad y la convivencia pacífica


Hay dos formas a través de las cuales las artes promueven la convivencia pacífica. Una es a través del conocimiento del “otro” -diferente a nosotros- que nos permite superar los prejuicios que sustentan la segregación entre personas o grupos que se perciben diferentes y que, en consecuencia, sienta las bases para que pueda existir mutuo respeto. Y la otra es a través del ejercicio de nuestro derecho a participar en la vida cultural de nuestra comunidad, y mediante el cual expresamos, transformamos y hacemos valer nuestra identidad.
Alguien dijo una vez que la mejor educación que una persona puede obtener es viajar. Esto es así porque la interacción y conocimiento de sociedades diferentes a la nuestra es una experiencia que tiene el potencial de ampliar nuestro propio horizonte y permitirnos reconocer validez en formas de pensar o de comprender la vida diferentes a la nuestra. Este reconocimiento consciente de la diversidad de posibilidades, que nos permite examinar y evaluar nuestra propia forma de ser -reafirmándola o cuestionándola-, es un proceso liberador en cuanto nos ayuda a clarificar nuestra propia vida y accionar -nuestra identidad- y transformarlos.
No es necesario viajar para vivir esta experiencia. A pesar de que en todo país hay características culturales que podrían pensarse como generalidades y englobarse bajo la categoría de “identidad nacional”, la realidad es más compleja y ninguna sociedad es mono-cultural. En todos los países coexiste una gran diversidad de grupos muy variados, con muy diversas formas de pensar y comprender el mundo. Estas diferencias no se enmarcan única y exclusivamente en nuestra etnia (en la genética), son diferencias que se enmarcan en un sinfin de cualidades. Incluso, podríamos decir que cada uno de nosotros es un ser multicultural porque nos identificamos o “pertenecemos” a diversos “grupos”, que piensan y se comportan de forma diferente a los demás. Por ejemplo, pertenecemos a una generación específica, pertenecemos a la población de una comunidad específica -”la mara de la Colonia”-, pertenecemos a un sector laboral o rubro profesional específico -sin duda podemos reconocer que ser abogado o ser artista o ser maestro influye en nuestra forma de expresarnos, de concebir y entender el mundo-, y así cada persona podría enumerar una gran cantidad de “grupos” a los cuales pertenece o con los que se identifica y que lo definen culturalmente, que forman parte de su identidad.
La clave de la convivencia la encontramos en reconocer la presencia simultánea de diversidad e igualdad entre los miembros de la sociedad y, sobre esta base, construir el respeto mutuo que permite la convivencia y la resolución de los conflictos de forma pacífica. Las manifestaciones culturales pueden jugar un rol importante en este proceso. Primero, promoviendo el respeto hacia las diferencias, en cuanto proporciona oportunidades para conocer y romper estereotipos negativos e intercambiar formas diferentes de entender el mundo y nuestras vidas. Dicho de otra forma, las expresiones culturales permiten que tengamos la oportunidad de conocer a “los otros” e integrarlos a nuestra concepción de la sociedad a la que pertenecemos, hacerlos parte del “nosotros”, digamos. Como mínimo, esta interacción nos permite reconocer la humanidad que todos, sin excepción, compartimos.
Y segundo, las manifestaciones culturales no solo nos permiten reconocer al “otro”, sino también reconocernos a nosotros mismos. La convivencia pacífica no solo requiere que respetemos al otro, sino que reconozcamos aquellos aspectos de nuestra propia identidad que la impiden.
La posibilidad de participar en la vida cultural de nuestra sociedad se reconoce como uno de los derechos humanos fundamentales porque, entre otras cosas, es el mecanismo a través del cual podemos expresar y hacer visible nuestra identidad -compartiendo con “los otros” quiénes somos y cómo pensamos- y porque promueve la inclusión y genera bienestar, ambos indispensables para lograr una calidad de vida digna y sustentar la convivencia pacífica.
Las manifestaciones culturales son un vehículo indispensable para la expresión de nuestra identidad cultural; a través de nuestros bailes, nuestras imágenes, nuestra música, nuestra arquitectura, nuestra vestimenta, los individuos y grupos nos hacemos visibles a los demás. Esta manifestación tangible de nosotros mismos, que permite que “los otros” nos conozcan, y que de muchas formas valida nuestra existencia, es un mecanismo de inclusión social fundamental.
Las expresiones culturales también generan bienestar en otros sentidos; por un lado, porque son medios para elevar nuestro nivel de calidad de vida y, por otro, porque tienen la capacidad de mejorar nuestro entorno social. Como explica Tenorio:
“A través de acceso a espacios donde reunirse, compartir, pasar el tiempo de ocio y desarrollar actividades que nos permiten expresarnos y comunicarnos; también participando en actividades culturales como el teatro o conciertos musicales, en clases de guitarra o de dibujo, en un coro, acceder al Internet [...] son relevantes para elevar la calidad de vida.”[1]
Sin duda, tener la oportunidad de participar en la vida cultural, a través de las manifestaciones y expresiones culturales de nuestra comunidad, tiene el potencial de mejorar nuestro entorno social -generando espacios de expresión e intercambio, de diálogo y reflexión, ampliando nuestras capacidades y habilidades, proporcionándonos experiencias de interacción y convivencia, promoviendo la cohesión social, haciendo funcionales los mecanismos mediante los cuales creamos, transformamos y recreamos nuestra identidad-, todos procesos indispensables para la convivencia pacífica.

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